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Vespertina Star

30.8.16

Reset

Guardé 10 años de luto, de tristeza, de nostalgia, por nosotros. Ni que decir: soy de procesos imposiblemente lentos, de emociones que no siempre entiendo cómo procesar o por qué.
Después de tantos años, y de haber tenido un asimétrico encuentro accidental hace poco más de un año, la serendipia dijo que era tiempo de ponernos en orden y despejar el humo, a sabiendas de que, por lo que a ti respecta, ese humo era una nube que solamente me rodeaba a mí. Eres un caballero, pese a todo, y honrarías ese acuerdo hasta la muerte; ya era justo que yo cerrara esa cortina, bajara ese telón o volviera a abrir la puerta.
Nos perdoné a los dos: por jóvenes, por torpes, por orgullosos. A mí, por ilusa. A ti por tu falta de tacto. De pronto ya somos de nuevo solamente dos personas en un universo interconectado por minúsculas hebras, por algunas conversaciones, por una historia en común que, a partir de este momento, está cerrada en el mejor sentido: "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Quienes somos ahora –conocidos de hace tiempo con humor e historias muy viejas en común–, se reconocen, tocan el ala de sus respectivos sombreros al pasar. Ya no hay más que pedirle a esta línea de tiempo. Abramos una nueva.

27.9.15

Abrazos postergados

Noche de viernes con amigas y cerveza. Platicamos acerca de nuestras historias antiguas, acerca de los amores que nos destrozaron. De esas historias que nos sangraron el alma de un modo o de otro. Hablo del Histórico Nefasto, pero hago una nota: con él desaprendí todo lo que había aprendido sobre mi propio valor, sobre ser amada, sobre merecerlo todo; aquello que me había tomado 4 años aprender de la mano de mi primer novio, Lucas. Ese novio alto y guapo, con una sonrisa encantadora y cejas muy pobladas, el que quería una mujer que no era yo y la merecía de todo corazón… Y por eso lo dejé marcharse.
Hacía años que no hablaba de él en términos obsequiosos. En esa reunión, sin embargo, conté lo mucho que él me había dado simplemente con amarme a su manera. Mi autoestima de tapete se elevó suficiente como para aprender a verme, al menos, a través de los ojos de alguien que me quería (aunque yo no fuera ni remotamente lo que él necesitaba). De ahí a quererme a mí misma por quien soy, a verme como soy… Es un largo trecho, que aún no se acaba.
Me sorprendió la madrugada con un sueño:
Iba en el auto con R. Platicaba animadamente de lo mucho que disfrutaba visitar iglesias (cierto a medias en la vida real), y de cómo ese entretenimiento había quedado interrumpido por su pavor ante los santos sangrantes. Él se reía, y como disculpa me llevaba a una iglesia cercana: una parroquia pequeña, oscura, nada notable. Nos sentábamos al fondo, del lado derecho. En el lado izquierdo de la iglesia, de pie, estaba Lucas. Sin explicarle nada a R., me paraba corriendo a saludarlo, con una alegría infinita. Mi pecho se sentía tibio, estaba realmente feliz de verlo. Y él, extrañamente, también. Nos dábamos un abrazo largo, de esos que son ampliamente deseados de ambos lados. Sentirme confortada por los latidos de su corazón es algo que ya no recordaba recordar pero que vivo buscando (y no sabía). Al lado estaba sentado su papá, a quien también saludaba con muchísimo gusto (aunque me decía que estaba "de la fregada"). A su mamá la sustituí, porque nunca nos quisimos bien y no íbamos a empezar en sueños. Ni siquiera presenté a Lucas con R., ni a R. con Lucas; y yo sabía que su esposa estaba por ahí, pero él no nos presentaba, tampoco. Era como un momento de gratitud que sólo servía para nosotros. Una despedida mucho más digna que la real.
Bastó con eso antes de despertar con una sonrisa y la sensación reconfortante de sus brazos y el nido que creaba en su pecho para mí; de pronto, un sábado cualquiera, amanecer rodeada de un amor que ya no existe…
De pronto recuerdo las categorías que hicimos: el que más me ha amado, el que más he deseado, el que más me ha dañado, del que más he aprendido, el amor de mi vida, el hombre con el que me casé. Descubrimos que, en muchos casos, cada uno de estos es un hombre distinto. En mi caso, Lucas es el que más me ha amado. El Histórico Nefasto es el que más he deseado y el que más me dañó. No quiero imaginar qué categorías cubro para Lucas. Espero, sobre todo, no haber sido la que más lo dañó. Con lo demás podría vivir, pero no con el dolor de ser el monstruo mítico de quien me dio tanto cariño mal encausado junto…

21.7.15

Ein anderes Ende


—¡De verdad que no entiendes nada! Ojalá fuese tan sencillo... ¿Realmente crees que me arrepiento de haberme casado con Pietro Aurelio, que fue un marido amoroso, fiel, responsable y cuerdo? —las puñaladas fueron certeras y brutales, pues enseguida provocaron llanto—. ¡Qué bueno que, por una vez en la vida, le hice caso a mi cabeza y no a mi corazón! Sería yo completamente infeliz. Y, de todas formas, mi corazón aquí está, desgarrado e insatisfecho como siempre, saltándome en el pecho al verte...
Kein Name,  Novela inédita de FvH.

Friedrich nunca supo que Norma lo vio una vez más después de aquella noche, y antes del declive mental de él, que se cumplió puntualmente con el paso de los años y el cansancio, siguiendo la pauta genética trazada por su madre. Fue en una estación de tren, de lejos. Él había caído de la gracia del Reich por alguna razón (Norma se había enterado, y estaba secretamente feliz de ver a su examigo lejos de aquella fauna de subnormales aquejados por el bicho de la superioridad), y al final Von Reit se había ido también, a dejarse la piel en la Legión Extranjera, atormentado por sus propios demonios. El final lóbrego que el Conde siempre anheló para sí se había transformado, al final, en una caricatura fársica. En la realidad, había terminado por refugiarse en las letras, y se había vuelta catedrático de una oscura universidad, donde se había concentrado en la Filosofía con el mismo ardor con que en algún momento cultivó las artes y después la búsqueda de poder. Perdió varios hijos en la Guerra. Stanzie le había contado todo aquello en las múltiples cartas que ambas se escribían. Ella sería la heredera de su padre en todos los sentidos: material e intelectual.
En la carta más reciente, le había comentado que su padre estaba de viaje por Italia. Norma le pidió que no le dijera más, ni le diera más noticias: la relación de ambas era independiente de las múltiples rupturas que ella y Friedrich tuvieron aquella noche, y que los dos habían sido suficientemente orgullosos (o conscientes, sabrá Di-s) para no reparar. Ella sabía que él cumpliría su palabra de no buscarla nunca más, y ella correspondería de igual manera hasta su muerte. 
No saber las fechas de la estancia en ciudades italianas de quien fuera su amigo terminó llevándola al mismo andén, en Porta Nuova. Ella regresaba de visitar a algunos parientes desperdigados; él… no había manera de saberlo. Estaba parado en el andén, reclinado con cierta indolencia en una de las columnas, leyendo con intensidad; alternaba la mano entre sostener el bastón que ahora llevaba como muestra de su edad y de que la Guerra tampoco lo había perdonado, y tomar la pluma fuente que le manchaba la bolsa del saco (y seguramente los dedos, como cuando era joven). Norma lo reconoció precisamente por eso: porque poca gente puede leer con fiereza, casi con salvajismo, conservando al mismo tiempo el aire de quien fue un dandy en otra era, y después fue militar y luego ya no supo qué más ser.
Él estaba tan concentrado en el texto (a la distancia y con sus crecientes problemas de vista ella no pudo saber de qué se trataba), que no la notó nunca. Ella tuvo diez, quince minutos para observarlo con cuidado. Seguía teniendo una mirada intensa, aunque ahora parecía permanentemente torva. Las lineas crueles del rostro estaban cambiando por un dejo amargo, decepcionado. La ropa denotaba su deseo de no darse a notar más. Sus manos seguían teniendo dedos largos y frágiles, "de pianista o de artista", como solía decirle ella.
La edad no había perdonado su cuerpo, tampoco. El cabello le escaseaba, lo poco que quedaba ya tenía abundantes canas, y estaba despeinado, como sólo puede ocurrirle a los hombres mayores que viven solos. Su cuerpo se había encogido visualmente: ya no tenía la presencia marcial de aquella última vez, ni la galantería del dandy joven con el que recorriera Venecia y los mejores teatros de Europa de punta a punta. Ahora era la estampa de un viejo profesor de hombros caídos, que hacía anotaciones furiosas mientras mascullaba esperando un tren.
¿Qué la mantuvo ahí hasta que su tren estuvo a punto de partir sin ella? La forma en la que su corazón saltó de gozo al verlo. Darse cuenta de que, pese a todo el daño causado por ese último encuentro en persona, el tiempo y la distancia habían hecho su trabajo. Se halló, de pronto, extrañando tener conversaciones con ese filósofo furibundo y agotado; deseando hablar de libros y arte con él una vez más. Sin embargo, era consciente de que aquellos que habían sido ya no existían más: ni él era aquel hombre impresionante, ni ella era la belleza intelectual de su juventud. Habían envejecido, cada cual por su lado, hasta encontrar el tipo de paz que la vida les regaló (o se procuraron, prefería pensar ella). 
Lanzaron la última llamada. Caminó a paso veloz, apoyada en su bastón de empuñadura de marfil, con rumbo al tren, dejándolo atrás. Desde la ventanilla del tren alcanzó a lanzarle una última mirada. "Adiós, mi queridísimo Graf. Adiós para siempre. Gracias por aquellos momentos de felicidad infinita que creamos juntos. Que lo que te resta de vida sea buena contigo. Vayámonos en paz". Musitó eso como una plegaria, mientras el tren aceleraba y ella le lanzaba una última sonrisa que no sería vista por él nunca, nunca más.
Pasarían años antes de que Constanze le notificara de la irremediable pérdida de lucidez de su padre, y de que ella decidiera visitar de nuevo la mansión sombría, mucho más por su "sobrina" que por él o por ella. Después de ese último vistazo casual, no hacía falta mucho más. Había dejado ir el amor y la enorme gratitud por su querido amigo junto con los rencores del detestable y arrogante militar nazi en el que se transformó. A ella misma, pensó entonces, no le quedaban muchos más años de vida en esta tierra. Había amado, había sido intensamente amada, había compartido lo que tenía que compartir. Dejaba un mundo mucho mejor y con más esperanza que aquel en el que había vivido. Esperaba que él, en alguna zona de esa demencia sin fondo, pudiera tener esa misma certeza, y que hubiera logrado reconciliarse, antes que con cualquiera, consigo mismo.

21.1.15

Once

Este sitio lleva dentro once años de mí (casi un poco más). No me reconozco en la que escribió los primeros posts, aunque la recuerdo claramente. Me gusta, me asombra. Este darme cuenta de que un repositorio virtual es un poco como un álbum de fotografías, un espacio en donde se conservan esas imágenes que nos definen, nos impactan, nos representan.
No sé qué pensaría esa mujercita de casi 25 de esta mujer de 36. De mi pérdida de ganas por tener hijos, de la relación de 8 años y contando, de la amistad que todavía me une con algún ex, y la desaparición de gente que se sentía tan trascendente. De mis 5 perros y mis 2 gatas. De mis sueños de fuga. De haber regresado a la vida corporativa y vuelto a huir. De mi romance permanente con la docencia, de mis ansias de escribir y de dejar de hacerlo. De nuestras nostalgias compartidas.
La que fui hace 9 años todavía me conoce. Somos buenas amigas, nos hablamos a veces. Le gusta lo que fui construyendo, compartimos inseguridades. Igual hay zonas de mí que no comprende, pero las deja estar, igual que yo las suyas.
La fronteriza, la de hace 10 años, parece haber desaparecido. No hay casi nada de ella en este sitio. Estaba muy ocupada siendo feliz para que le importara dejar evidencias por acá. Su vida es una especie de fabulación de la que nunca hablo: trabajar en el sitio soñado y verlo transformarse en pesadilla, tener su primer departamento y dejar que él —por primera vez— acomode sus libros. Esa que habita en bitter berri tampoco es ella. Sospecho que ella y yo seguimos siendo la misma, una sola, independiente y enloquecida como una bala que se disparó sin esperarlo.
Me releo, y sé que este blog sigue siendo de ella; que cada vez que quiere asomar la nariz me pide que venga acá y escriba, que no la deje sola. Aquí estoy.

27.7.14

Reichenbach

Für Friedrich. Mit all meiner Liebe tot, und mein lebenden bisweilen Nostalgie.
Hace ya diez años de nuestra historia. Observo, con calma y algo de incredulidad, como poco a poco el tiempo se ha ido llevando todo lo que fuimos para dejar de lleno lo que somos (cada quien en su extremo del mundo, a cuidadosos seis grados de separación). Sin embargo, justo ahora, descubro esta serie de televisión en donde salimos tú y yo con otros nombres.
"No somos pareja" fue nuestra frase favorita durante los primeros seis meses. Yo había abandonado a mis amigos de toda la vida por una carrera, y a mi carrera y los amigos que me quedaban por un trabajo soñado —que tuvo lo suyo de pesadilla. Te descubrí en el rincón de la oficina, ese sujeto brillante y antisocial con el que nadie sabía muy bien qué hacer (excepto discutir las noticias de la mañana). De alguna manera extraña, empezamos a acercarnos. Cuando nos dimos cuenta, ya éramos inseparables: ir a librerías juntos, platicar de cine, de arte, de libros, del mundo. Descubrirnos mutuamente como interlocutores válidos. Todo mundo nos miró cambiar y supuso que éramos pareja: nada más lejos y más cerca de la realidad al mismo tiempo. Tú no sentías nada por mí, yo definitivamente sí; podía hacerlo a un lado. No quería tener contigo una relación física, sino una complicidad infinita. Existiendo eso, ya no hacía falta más.
La gente dejó de decir que éramos novios, pero siguió hablando de nosotros en plural. Siempre. Teníamos un apodo en conjunto, derivado de nuestro trabajo, de la dinámica en la cual no logras imaginar ya a una persona sin la otra. Cuando me mudé a vivir sola, hicimos de mi departamento una madriguera donde cocinar, leer, escuchar música clásica, hablar, dormir… Si no era ahí, era en tu guarida, viendo películas de la Segunda Guerra Mundial y videos de ópera, para "educarme". Siempre me ha gustado eso: encontrar gente que me guíe en sus pasiones, que me enseñe cosas. No importó nunca que yo fuera mayor que tú, era muy fácil ver que, aunque yo te llevara seis años, tú eras quien guiaba. Yo siempre lo supe.
Podías ser brutal para decir las cosas. Tu inteligencia carecía de filtros sociales, y era parte de tu "extraño encanto". También lo era tu tendencia hacia el "dandismo hippie" y tu obsesión con muchas cosas, a pesar de la aparente ignorancia que tenías en otras áreas, que te parecían menos importantes. Sin embargo, entre nosotros dos había un pacto de alguna especie, imposible de llamar "amor" en términos modernos, pero que los griegos conocían perfectamente. Philia. El amor de las ideas, de las experiencias trascendentes. También ágape, esa variante que te hacía esperarme hasta las tres o cuatro de la mañana cuando el trabajo me atrapaba, mientras leías poesía en voz alta —como quien toca el violín, para distraerse y distraer al otro de su sufrimiento—, esa que me hacía llevarte hasta el otro extremo de la ciudad, dejarte en casa y luego manejar de regreso hasta la de mis padres, a 25 kilómetros de distancia. Nunca eros: cualquier momento en el que el contacto físico entre nosotros dos se hacía más íntimo, huíamos. Y sin embargo, nos golpeábamos a veces, o nos mordíamos, o nos pellizcábamos, como niños. Sólo éramos incapaces de intimidad física, pero el contacto era indispensable para expresar las otras dos maneras de sentirnos.
Crecimos juntos. Cambiamos juntos. Todo mundo lo notaba, sólo algunos lo decían. Parecía que estar conmigo te volvía más "humano"; estar contigo de pronto subía el CI de toda la habitación. Tu habitual silencio huraño en la oficina se transformó en una extraña presencia dispuesta a conversar con cualquiera que estuviera dispuesto a oír de tus obsesiones. A disfrutar de tu sentido del humor retorcido, algo inglés. Juntos éramos una especie de Monthy Python Flying Circus portátil: tú John Cleese, yo definitivamente algo entre Terry Jones y Michael Palin. "El show de Vespertina y Friedrich", le decían algunos.
De pronto, las cosas empezaron a cambiar de más. Una obsesión tuya se acentúo, te hizo buscar respuestas del lado espiritual. Acabamos teniendo un countdown, la sensación terrible de que te irías pronto y todo esto, esta vida completa que habíamos disfrutado durante un par de años (tal vez menos), se iría junto contigo. Que no había manera de que se conservara. Tuvimos instantes inexplicables. Una cena a la luz de las velas para despedirnos. La confesión final de que no había manera de que esto hubiera sido de otro modo. Y luego, yo tuve que irme porque el deber llamaba. Enviando mensajes a lo largo de cinco ciudades para mantener el contacto, con la esperanza de que eso nos abriera una ventana, una posible conexión futura. Pero regresé sólo para vernos estallar en mil pedazos.
Tenías una novia. Eros, philia, ágape. Y de cualquier manera, te irías en poco tiempo. Todo esto, escuchándote hablar por teléfono; incredulidad absoluta. Hicimos una cita para vernos. Ni siquiera recuerdo si hicimos algo distinto a llegar a tu casa en mi auto. Ahí me vi caer. Ahí te escuché decirme cosas que no debieron de ser dichas. Esa historia vieja ya ha sido contada en otros momentos, en este mismo lugar. No fue desde un sexto piso: fue caer kilómetros, sentirme agitar las manos en el vacío mientras caía en un vórtice que me tragaba. Reichenbach.
Nunca volvimos a vernos. Nos contactamos muy poco tiempo después de eso, en una especie de "cierre necesario". Como hablar con la tumba de alguien. No había más que decir. Watson & Holmes were no more. Rehicimos nuestras vidas. Algunas de las cosas que compartimos se mantuvieron en mi vida (como la ópera). Otras no, son demasiado dolorosas (como la cocina). Los amigos y conocidos en común en algún momento fueron tomando rumbos propios. Seis grados de separación. Y otra serie inglesa. Hace mucho que no duele, y sin embargo, este blog es un bastón. Siempre lo fue.

19.11.13

Huecos

No sé si existimos tú y yo, o si ya sólo existe el vacío que creamos estando juntos. Si esta bendita fachada de normalidad y perfección se está cayendo a pedazos. El momento en el que podemos no vernos en tres días y de pronto decides que tu tristeza te pertenece a ti únicamente, y entonces, en contraparte, mi soledad es solamente mía. Dormir sola y preferir hacerlo en el sillón que en nuestra cama. Verte llegar y saber que, como ya es habitual, mi máximo contacto físico en el día serán mis animales, y temer el momento de tener que compartir la cama con un alguien que acumula silencios y distancias en torno suyo.

2.4.12

Secretos

No sé como ocurrió, pero me fui llenando de secretos. Esas pequeñas cosas que están, sin duda, más allá de las palabras, que se van comiendo los espacios que generalmente se llenan de conversaciones. El silencio se apodera del espacio que ellos llenan. Cada secreto viene acompañado de un pequeño espacio en blanco que lo protege. Cuando son demasiados, acaban con el sonido alrededor y se mantienen todos juntos, homogéneos, esperando salir a la menor provocación. Y es que los secretos tienen pinchos, y la barrera de silencio es frágil, como una burbuja.

Por el momento ninguno se ha movido. Pero está ése, el del centro, que empieza a sacudirse lentamente y a dar señales de que no se siente cómodo con los demás, está empezando a provocar una cadena de pequeñas sacudidas. Si se despereza, no podré responder de la reacción atómica, fisión nuclear.

24.5.11

Sans titre

Mi poder siempre fueron las palabras
y las perdí de golpe entre sus manos.


Tratar de trabajar de manera coherente mientras siento crecer las oleadas de la ansiedad creciente, el cansancio, la incertidumbre, el corazón roto, las ganas de escribir, el deseo de cambiarlo todo de nuevo y al revés, la necesidad de hacer algo —lo que quiera que sea que esto signifique.

14.11.10

Ser invisible.

Después de malacostumbrarme a la visibilidad durante años, descubro las delicias de ser invisible otra vez. Es curioso: si hace unos meses alguien me hubiera preguntado si desearía regresar a esa transparencia que fue mi estado habitual durante largo tiempo, habría sentido pánico. Sin embargo, cuando empezó a ocurrir (de pronto, notar que la gente ya no me miraba en la calle, o estrellarme de pronto con desconocidos que no esperaban que yo estuviera ahí), me di cuenta de que extrañaba la intangibilidad.

Una de las grandes ventajas de mi condición es ser percibida únicamente por los animales. Mi perro, por ejemplo, es perfectamente capaz de verme y saludarme. Pero si tomo su correa y salimos a caminar, los dos nos desvanecemos como la niebla (a menos, claro, que algún otro perro nos distinga y decida hacernos caso). Al ser invisible, recuerdo cómo me gusta estar sola, cuánto disfruto no hablar con otros seres humanos, lo bien que se está con un perro o un gato y un libro.

¿La peor desventaja? Ver cómo mis espacios son repentinamente ocupados, porque como nadie me ve no pueden imaginar que exista. Ya me acostumbraré, es sólo cuestión de tiempo, de espacios cada vez menores, de mimetizarme con mis animales. No habrá mayor problema...

28.10.10

Posibilidades del insomnio

Tal vez ahora estoy insomne porque temo que empieces a aparecerte entre mis sueños.